Un tipo normal.

Publicado el : 25/07/2011 00:25:18
Categorías : El Rincón de Growshop Woman Rss feed

Un tipo normal.

Javier es un tipo normal. Muy normal. Casi tan normal como tú y yo, pero él no fuma. Por no fumar, no fuma ni tabaco.

En la adolescencia probó un "Ducados" en el patio trasero del colegio, con unos coleguillas, pero le dio tal ataque de tos, que, a parte de quedar en ridículo a los trece años ante sus compañeros, se ganó tres días de expulsión del colegio. Conduce un autobús nocturno en su ciudad, Écija, la sartén de España. Bueno, el sueldo no es alto, pero por lo menos no pasa tanto calor como si estuviera en el turno de día. Tiene el sueño cambiado y pocas relaciones con su mujer, Ana. ¿Qué quieres? si casi no se ven. Ella se acuesta cuando él se va y se levanta cuando él se acuesta. A lo sumo algún que otro polvo rápido a las siete de la mañana, cuando él se cae de sueño y ella aún casi no se ha despertado. Da igual, su vida sexual tampoco ha sido nunca nada del otro mundo. Ana es religiosa hasta la médula y en los primeros años de matrimonio, cuando buscaban descendencia, ella sí estaba por la labor. Ya sabes, la iglesia lo vé bien cuando es para procrear. Luego, con los años, y después de tantos intentos sin éxito, ya no tiene sentido para Ana. Se limita a cumplir con su "deber marital" de uvas a peras. Aquella mañana, a eso de las once, sonó el móvil de Javier. Era su madre. Sólo llevaba tres horas y media durmiendo y su mente, que no acababa de reunirse con su cuerpo, no conseguía reaccionar. Su madre no le llamaba nunca a esas horas, sabía que estaba durmiendo. - Necesito que vengas a casa- acertó a entender- tenemos que hablar de tu padre. Se vistió recogiendo la ropa de la noche anterior de la silla del dormitorio y así, de nuevo con el uniforme de conductor, salió a la calle. El sol era abrasador, pero la casa de sus padres estaba tan sólo a cinco calles de la suya. Su padre estaba  enfermo desde hacía mucho tiempo. Esclerosis múltiple diagnosticada muy tarde, con lo que la enfermedad se le había apoderado hacía años. Corticoides y otros muchos medicamentos paliaban su dolor. No era extraño que la madre de Javier recurriera a él, de vez en cuando, para sobrellevar mejor la dureza de ver como su marido degeneraba. Delante de una taza de café, su madre se desahogó por enésima vez, aunque ésta, tenía un toque diferente. Cuando salió de allí se sintió impotente a la vez que esperanzado.

-Marihuana-, había dicho su madre - el médico ha dicho que tu padre necesita marihuana. Al parecer el dolor y la degeneración del sistema nervioso no eran ni el único ni el principal problema. Su padre había caído en una depresión tal, que no deseaba seguir viviendo. Y eso, Javier lo sabía, era lo peor. Si uno no quiere vivir, no vive. Marihuana... su madre le había pedido que consiguiera marihuana. ¡Como si fuera tan fácil!. Para un tipo normal como Javier, pedirle marihuana, era como pedirle salmón noruego a un etíope. No tenía ni idea de por dónde empezar. Marihuana, marihuana, ¿de dónde saco yo marihuana?. Con Ana no podía contar, sólo nombrársela se santigüaría tres veces y le retiraría la palabra. Sus amigos... bueno, los colegas del Bar "La Quintanilla", con los que echaba alguna que otra partida a primera hora de la tarde. Podía probar ahí, nunca habían hablado del tema, y aunque había camaradería, no sabía si había suficiente confianza. Maldito médico, si la marihuana es la solución podía recetarla y si no, callarse... o no. Si se hubiera callado mi padre seguiría sufriendo. Y sin callarse lo mismo, porque no tengo ni p... idea de cómo conseguir marihuana. Y ahora sufro yo, y mi madre. Comprar marihuana es ilegal, pero eso no me importa. Robaría, si con ello pudiera aliviar un sólo día de sufrimiento a mi padre. Entre baza y baza, aquella tarde, el sudor le recorría la espalda con mayor intensidad que de costumbre. No conseguía concentrarse en el juego. Paco, su pareja en el tute, lo estaba matando con la mirada. Había tenido en sus manos el caballo y el rey de bastos cuando éste era el palo de triunfo y no había cantado. "Las cuarenta" habían volado, se habían esfumado como marihuana seca... marihuana... marihuana. Tengo que sacar el tema, pensaba el pobre Javier. De pronto abrió la boca y a Paco se le iluminó el semblante, veinte en... pero no, todo lo que salió de la boca de Javier fue un suspiro. Tardó tres manos más en armarse de valor, y por su padre se jugó su reputación. Marihuana, acertó a decir sin más. La cara de sus amigos le hizo darse cuenta de que no entendían nada. Necesito marihuana, consiguió decir ahora con más aplomo. -¿Te has vuelto loco?- le preguntó Sergio- eso no es legal y además hace daño. - Es para mi padre- Javier explicó la situación a sus colegas. Quiso creer que lo apoyaban, que lo habían entendido, pero no pudieron ayudarlo. Ninguno de ellos sabía dónde comprar marihuana. Paco le comentó que había oído que por la noche, a veces, en el barrio de la Alcarrachela se podían conseguir drogas. Javier esperó al próximo miércoles, su noche libre y se acercó a la Alcarrachela. Paseó durante dos horas por las calles oscuras, pero no vio nada ni a nadie que tuviera aspecto de vender drogas. Y si lo vió no supo reconocerlo, y si lo reconoció le dió pánico que en lugar de unos gramos de marihuana le diera un navajazo en el estómago. Los días pasaban, el padre de Javier estaba cada vez más decaído y Javier más nervioso. Soñaba con marihuana, olia a marihuana, se obsesionaba con marihuana. Su impotencia iba en aumento y su desesperación también.

Una noche, al cabo de casi un mes desde que hablara con su madre, en el último servicio,se le subió al autobús un chaval joven. -Menudas pintas- pensó Javier- a veces casi es mejor no tener hijos, como yo, que tener que ser el padre de un rastafari como ese. El chico se sentó al fondo, en los últimos asientos. Cuando no quedaron más viajeros, sacó de uno de sus bolsillos un paquete de tabaco de liar, un grinder y un mechero. Javier no tardó en ver el humo por el retrovisor. Echó el freno del autobús de inmediato, entre dos paradas. -Aquí no se puede fumar, chico- le dijo mientras avanzaba por el pasillo en dirección al rastas-  ¿es que no lo sabes?, ¿es que no has visto los carteles?. Esta juventud no entiende de normas. - Vale tío, tranquilo- le contestó el muchacho- ya me bajo. Pero no te pongas así por un porrito de nada. - ¿Un qué has dicho?- - Nada tío. Nada, que ya me bajo. Abre, que me bajo.- - No, tú no te bajas- A Javier se le tensó el cuello y se le iluminó el alma. Ha dicho un "porrito", un porrito de marihuana. Con el autobús parado se sentó al lado del chico y le preguntó de dónde había sacado la hierba. El chaval se levantó y le dijo que no quería líos, que le abriera la puerta que se bajaba allí mismo. Javier insistió, esta vez con más calma y casi con lágrimas en los ojos. El rastafari no daba crédito, aquel conductor, un tipo tan normal, estaba casi suplicándole unos gramos de María. ¡Cómo está el mundo!, pensó el chico. A regañadientes le dio una dirección en Córdoba y un nombre. Javier se presentó allí al día siguiente. Le atendió un tipo normal, muy normal. Era un local normal, muy normal. Lo que no era tan normal era el rótulo de la puerta, en letras discretas y pequeñas. Aquel tipo tan normal le explicó un montón de cosas y le dio un manual. Hoy, Javier, tiene un pequeño armario de cultivo, como muchos otros tipos normales. Tiene tres o cuatro plantas, lo suficiente para que su padre disponga de la dosis diaria que le alivia su depresión. Hoy, Javier practica el autocultivo. Su padre ríe después de tomar la leche caliente que le prepara su mujer cada tarde y ambos tienen una vida casi normal, dentro de la enfermedad que les ha tocado sufrir. La madre de Javier se siente orgullosa de lo que su hijo hace por ellos. Ana, la mujer de Javier reza a su dios para que los vecinos no "se huelan" nada. Y... Javier,  hoy es un tipo un poco mas... normal.    

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